lunes 19 de enero de 2009
sábado 19 de enero de 2008
Un nuevo 'Papa negro' español
De nuevo, un español será el dirigente de los jesuitas, la congregación fundada por San Ignacio de Loyola. Tras desarrollar su labor en Asia durante décadas, Adolfo Nicolás, de 71 años, será el nuevo 'Papa negro'.
Al igual que el padre Pedro Arrupe, que dirigió la orden en un difícil periodo (entre 1965 y 1983), ha desarrollado gran parte de su carrera en Asia. Nicolás (Palencia, 1936) ha vivido más de cuatro décadas en Asia, sobre todo en Japón, donde estudió y además trabajó como docente de teología en la Universidad de Sofía de Tokio. Desde 2004, dirige las operaciones jesuitas en Asia Oriental y Oceanía.
Nicolás tiene por tanto una formación académica europea y un gran bagaje en Extremo Oriente, lo que hacen de él un importante puente entre Europa y el continente asiático. Tras conocerse la elección, desde la Compañía se ha subrayado la "gran experiencia en Asia" y "capacidad de Gobierno" como las principales dotes del nuevo 'Papa negro'.
Muchos expertos habían vaticinado que el dirigente de los jesuitas sería un gran conocedor de Asia pero también con buenos contactos en el Vaticano. Sin embargo, el nombre del palentino no aparecía entre los favoritos.
Una vida en Tokio
La vida eclesial de Nicolás comenzó en 1953 cuando entró en el noviciado de Aranjuez y se licenció en Filosofía en Madrid para trasladarse a Tokio, donde concluyó sus estudios de teología y fue ordenado sacerdote el 17 de marzo de 1967.
Entre 1968 y 1971 realizó un Máster en Teología en la Pontifica Universidad Gregoriana, en Roma, y desde 1978 a 1984 fue director del Instituto Pastoral de Manila.
El nuevo 'Papa negro' también ha sido rector del Escolástico de Tokio (1991-1993) y provincial de los Jesuitas en Japón (1993-1999).
Nicolás, de 71 años, asistía a la Congregación General de los jesuitas, celebrada en Roma para elegir al sucesor número 29 de San Ignacio de Loyola, como delegado para Asia Oriental y Oceanía.
De esta congregación sale erigido, contra todo pronóstico, como Prepósito General de los Jesuitas, o 'Papa negro', como se les conoce por su hábito negro y su poder en la Iglesia.
Nicolás sucede al holandés Peter-Hans Kolvenbach, que estuvo 24 años al frente de la Compañía de Jesús. Tras la conflictiva etapa del carismático Arrupe, Kolvenbach mejoró las relaciones con el Vaticano. Ahora, Nicolás tendrá que enfrentarse a la pesada tarea de dar un nuevo aliento a la orden, fundada en 1540.
José María de Vera, jefe de prensa de la Compañía de Jesús, asegura que el nuevo Superior "tiene un carácter dulce" y es "muy sociable". "Es alguien de equilibrio, sin ambiciones personales, un hombre moderno, sociable y sin autoritarismo", ha dicho. La popularidad y la personalidad de Nicolás se podrá percibir este domingo, cuando concelebrará una misa concelebrada en la Iglesia del Gesù en Roma y se oirán sus primeras indicaciones como Superior de la Compañía de Jesús.
Al igual que el padre Pedro Arrupe, que dirigió la orden en un difícil periodo (entre 1965 y 1983), ha desarrollado gran parte de su carrera en Asia. Nicolás (Palencia, 1936) ha vivido más de cuatro décadas en Asia, sobre todo en Japón, donde estudió y además trabajó como docente de teología en la Universidad de Sofía de Tokio. Desde 2004, dirige las operaciones jesuitas en Asia Oriental y Oceanía.
Nicolás tiene por tanto una formación académica europea y un gran bagaje en Extremo Oriente, lo que hacen de él un importante puente entre Europa y el continente asiático. Tras conocerse la elección, desde la Compañía se ha subrayado la "gran experiencia en Asia" y "capacidad de Gobierno" como las principales dotes del nuevo 'Papa negro'.
Muchos expertos habían vaticinado que el dirigente de los jesuitas sería un gran conocedor de Asia pero también con buenos contactos en el Vaticano. Sin embargo, el nombre del palentino no aparecía entre los favoritos.
Una vida en Tokio
La vida eclesial de Nicolás comenzó en 1953 cuando entró en el noviciado de Aranjuez y se licenció en Filosofía en Madrid para trasladarse a Tokio, donde concluyó sus estudios de teología y fue ordenado sacerdote el 17 de marzo de 1967.
Entre 1968 y 1971 realizó un Máster en Teología en la Pontifica Universidad Gregoriana, en Roma, y desde 1978 a 1984 fue director del Instituto Pastoral de Manila.
El nuevo 'Papa negro' también ha sido rector del Escolástico de Tokio (1991-1993) y provincial de los Jesuitas en Japón (1993-1999).
Nicolás, de 71 años, asistía a la Congregación General de los jesuitas, celebrada en Roma para elegir al sucesor número 29 de San Ignacio de Loyola, como delegado para Asia Oriental y Oceanía.
De esta congregación sale erigido, contra todo pronóstico, como Prepósito General de los Jesuitas, o 'Papa negro', como se les conoce por su hábito negro y su poder en la Iglesia.
Nicolás sucede al holandés Peter-Hans Kolvenbach, que estuvo 24 años al frente de la Compañía de Jesús. Tras la conflictiva etapa del carismático Arrupe, Kolvenbach mejoró las relaciones con el Vaticano. Ahora, Nicolás tendrá que enfrentarse a la pesada tarea de dar un nuevo aliento a la orden, fundada en 1540.
José María de Vera, jefe de prensa de la Compañía de Jesús, asegura que el nuevo Superior "tiene un carácter dulce" y es "muy sociable". "Es alguien de equilibrio, sin ambiciones personales, un hombre moderno, sociable y sin autoritarismo", ha dicho. La popularidad y la personalidad de Nicolás se podrá percibir este domingo, cuando concelebrará una misa concelebrada en la Iglesia del Gesù en Roma y se oirán sus primeras indicaciones como Superior de la Compañía de Jesús.
Misa en la Iglesia del Gesú, primer acto de Nicolás como Superior General
La celebración mañana de una misa en la Iglesia romana del Gesú será el primer acto del español Adolfo Nicolás tras haber sido elegido hoy, nuevo Superior General de los jesuitas.La Compañía de Jesús en una nota describe minuciosamente cómo se desarrollará el primer día del nuevo Padre General, que desde hoy guía, con un cargo vitalicio, a los 19.200 jesuitas que componen la orden.A las 15:00 GMT se celebrará la misa en la romana Iglesia del Gesu y unos minutos antes de dar comienzo a la celebración, el nuevo Superior, acompañado de cuatro electores y un diácono, visitarán las habitaciones donde el fundador, San Ignacio de Loyola, vivió largo tiempo, escribió las Constituciones y murió.Después de unos minutos de oración, el diácono leerá un pasaje del evangelio de San Mateo (capítulo 23, versos 8-12) y el más anciano de los electores ofrecerá al 29 sucesor de Ignacio un breve comentario de las virtudes y cualidades que el santo esperaba encontrar en el Superior General tal como consta en la parte IX de las Constituciones.Después en procesión se llegará a la Iglesia, allí Nicolás se acercará al altar de San Ignacio, donde la lámpara votiva encendida el primer día de la Congregación continúa ardiendo, y venerará las reliquias de San Ignacio que se guardan en un cofre bajo el altar.
Museo de arte sacro de ValdeandeLos últimos palomares de Castilla, en ¿Que pasó en valdeande en 1927?Todo sobre el camino del cidCiellaMiguel Angel del PozoAperos, por Don Canuto MerinoValdeandinos en BarcelonaFotos de Paco Nogales, en Reyes.Fotos de Ivan
Fotos del Juncal 2005Macrobotellon en Valdeande.Fotos de Paco Nogales, boda en ValdeandeFotos de SalomeSemana Santa en Valdeande 2006Semana Santa 2006Fuentes de ValdeandeTorrijas en Valdeande
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P.M.Lamet: Adolfo Nicolás es claramente una opción de la línea de Arrupe
El nombramiento del español Adolfo Nicolás como nuevo Superior de los Jesuitas es claramente una opción en la línea del Padre Arrupe, declaró a EFE el sacerdote jesuita Pedro Miguel Lamet, autor de sendas biografías del padre Arrupe y de Juan Pablo II.Las similitudes entre ambos estriban en que Nicolás, como Arrupe, 'es un hombre universal, aunque castellano nacido en Palencia, educado en Madrid, filosóficamente en Alcalá de Henares, pero tan universal como el padre Arrupe'.'Como él -añadió- ha tenido experiencia en Japón, como provincial del mismo país, pero sobre todo asiática, ya que ha sido coordinador de la Conferencia de Provinciales de Asia Oriental y Oceanía'.Pedro Miguel Lamet resaltó la importancia de este hecho porque 'la principal fuente de vocaciones de la Compañía en el mundo viene de Asia, la mayor parte de la India'.Añadió que 'quizás por considerar que no se ha llegado al momento de madurez como para que un hombre del tercer mundo gobierne la compañía, ha surgido este candidato que reúne facetas, muchas y buenas, al ser europeo y conocer el tercer mundo'.Además, 'es también una opción que supone continuidad en la lucha por la justicia, en la línea de Arrupe. Una lucha por la justicia a partir de la fe, por la que han muerto 99 jesuitas'.Para el autor de la biografía de Arrupe, 'su nombramiento ha sido todo un acto de libertad por parte de la compañía, en un momento en que muchos pedían una componenda con el Vaticano'.'Han sido libres -añadió- y han elegido a un hombre carismático, un hombre de dios, que sustituye a Peter-Hans Kolvenbach, que fue Superior en los años de Juan Pablo II, donde intentó sobrevivir, más que otra cosa'.También el sacerdote jesuita Fernando García Gutiérrez, que lo conoció y trató en Japón, expresó a EFE su satisfacción por el nombramiento y señaló la importancia de mirar a Asia, 'porque todos tenemos valores que comunicar a los demás y es evidente que hay que plantearse a Oriente como el futuro'.'La Compañía ha hecho una elección excelente, es una suerte para todos', opinó también desde Salamanca otro jesuita, Santos González, que conoció al nuevo Superior en el Instituto Pastoral de Manila, donde trabajaron juntos durante varios años.'Es uno de mis amigos mas cercanos y una persona muy capaz, un gran administrador, elocuente y con grandes dotes oratorias. Ya en Filipinas ejercía una gran influencia sobre el clero y monjas del Asia Oriental. Se veía venir que algo importante le iba a ser encomendado'.
Blázquez felicita al nuevo general de los jesuitas

Blázquez felicita al nuevo general de los jesuitas
MADRID (AFP) — El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, felicitó este sábado a la Compañía de Jesús por el nombramiento del español Adolfo Nicolás, como nuevo Prepósito General de los jesuitas, tras la renuncia del holandés Peter-Hans Kolvenbach.
"La Compañía de Jesús tiene una trascendencia enorme y les felicito", afirmó Monseñor Blázquez, obispo de Bilbao, tras la ceremonia religiosa en la que el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Antonio Martínez Camino, fue ordenado obispo auxiliar de Madrid.
"Estoy seguro que junto con sus compañeros, en comunión con el Santo Padre, (Adolfo Nicolás) sabrá llevar adelante la misión que el Señor les ha encomendado", añadió Blázquez.
Blázquez se alegró al saber que el nuevo 'Papa Negro' es originario de Palencia, una diocésis que el obispo de Bilbao dirigió entre 1992 y 1995 y citó a Santa Teresa de Jesús para afirmar que los palentinos son "la gente de mejor y más nobleza".
MADRID (AFP) — El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, felicitó este sábado a la Compañía de Jesús por el nombramiento del español Adolfo Nicolás, como nuevo Prepósito General de los jesuitas, tras la renuncia del holandés Peter-Hans Kolvenbach.
"La Compañía de Jesús tiene una trascendencia enorme y les felicito", afirmó Monseñor Blázquez, obispo de Bilbao, tras la ceremonia religiosa en la que el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Antonio Martínez Camino, fue ordenado obispo auxiliar de Madrid.
"Estoy seguro que junto con sus compañeros, en comunión con el Santo Padre, (Adolfo Nicolás) sabrá llevar adelante la misión que el Señor les ha encomendado", añadió Blázquez.
Blázquez se alegró al saber que el nuevo 'Papa Negro' es originario de Palencia, una diocésis que el obispo de Bilbao dirigió entre 1992 y 1995 y citó a Santa Teresa de Jesús para afirmar que los palentinos son "la gente de mejor y más nobleza".
Jesuitas

Algunas notas sobre la Historia de la Compañía
El nacimiento de la Compañía de Jesús
La Compañía de Jesús nació entre 1538 y 1541, en un momento histórico en el que se estaba produciendo una profunda renovación de la espiritualidad. Entre las órdenes religiosas se estaba asentando el movimiento de la observancia. El protestantismo avanzaba por Europa. El erasmismo, considerado heterodoxo, era perseguido. Y las autoridades católicas consideraban cada vez más necesaria la convocatoria de un Concilio general.
La Compañía apareció gracias a la iniciativa de Ignacio López de Loyola. Un personaje extraño, controvertido, difícil de clasificar, que podemos situar ideológicamente entre las inquietudes renacentistas y los rasgos propios de épocas anteriores.
San Ignacio nació en Loyola (Guipúzcoa) en 1491. Recibió una educación pobre y elemental, con una base religiosa sólida (más por la intensidad de las repeticiones que por la calidad de los conocimientos). Dedicado a la milicia, adquirió cierto renombre a nivel local. Tuvo una intensa actividad tanto militar como cortesana (aunque no intelectual). Se volcó en la lectura de libros de caballería lo que quizá le hizo tener grandes sueños de grandeza. Llegó a aspirar al amor de la Infanta Catalina, hermana de Carlos I, cosa que no vio el emperador con muy buenos ojos.
En 1521 (a los 30 años) cambió radicalmente de vida. Tras ser herido en el sitio de Pamplona por las tropas francesas, San Ignacio tuvo que guardar una penosa y larga convalecencia. Durante ese tiempo tuvo la oportunidad de leer la «Flos Sanctorum» (vidas ejemplares de santos), la «Vita Christi» de Rodolfo de Sajonia, y el «De imitatione Christi» de Thomas Kempis. Estas lecturas y su afición por los libros de caballería le llevaron a perfilar un nuevo ideal caballeresco dentro de su época: el de caballero de Cristo, un caballero andante en defensa de Dios. Y de acuerdo con dicho ideal, decidió romper con su vida anterior e irse a los Santos Lugares.
A mediados de 1522, ya repuesto, San Ignacio abandonó su casa y peregrinó a Montserrat. Intercambió sus ropas con un mendigo y se hizo anacoreta. Tras un tiempo, marchó a Manresa, donde se dedicó a la caridad, la oración y la mortificación física.
Interior de la cueva de San Ignacio en Manresa
Dos años después, en 1524, comenzó a acercarse a la mística de un modo más intelectual. Y empezó a vivir una serie de experiencias «sobrenaturales», «místicas», que fue plasmando en pequeñas notas literarias (que en el futuro le servirían para hacer proselitismo en la Universidad). Por fin, marchó a Jerusalén. Volvió a España, convencido de que necesitaba más formación eclesiástica e intelectual a fin de convertirse en un «caballero de Cristo».
Por ello, en 1525 se inscribió en una escuela de gramática para aprender latín con los niños. Posteriormente, en 1527 se matriculó en la Universidad de Alcalá, la universidad puntera del momento (ya que, aprobado el erasmismo, reunía a los representantes de la nueva espiritualidad). Acusado de filoalumbradismo, fue procesado en tres ocasiones por la autoridad episcopal (no la Inquisición). No fue, sin embargo, condenado. No parece que San Ignacio fuese alumbrado; buscaba una vía espiritual nueva que, como veremos más adelante, no coincidía desde luego con la alumbrada.
Tras su estadía en Alcalá, el guipuzcoano viajó a París, ciudad en la que permaneció entre 1528 y 1535. Se matriculó en la Sorbona y en ella se convirtió en un declarado papista. Durante este período acabó de perfilar lo que iba a ser la Compañía de Jesús. Conoció, entre otros, a Pedro Fabro, Francisco Javier, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Bobadilla y Rodríguez, hombres que se constituirían en los futuros pilares de la Compañía. Este grupo, lejos de interesarse por la lucha contra el protestantismo, se movió en un ambiente original, con la idea de promover una cruzada hacia Oriente, para convertir a los infieles (proyecto en el que podemos apreciar el germen de la voluntad evangelizadora misional que mostraría la Compañía). Movidos por este ideal, el 15 de agosto de 1534 los arriba citados se reunieron en Mont-Maître e hicieron votos de pobreza y castidad, y decidieron ir a Tierra Santa. No obstante, el proyecto fracasó y entonces decidieron marchar a Roma donde se pusieron al servicio del papa. Allí, viendo el inmenso trabajo que ofrecía la reforma de la Iglesia, surgió la idea de transformar el grupo de amigos en una orden religiosa dedicada al apostolado.
Estación del metro Cluny-La Sorbonne con la firma de Ignacio de Loyola y otros 52 ilustres antiguos alumnos de la Universidad de París
Aunque en 1538 ya eran conocidos con la denominación de Compañía de Jesús, la institucionalización de la nueva orden no se produjo hasta dos años después, cuando Paulo III la aprobó por medio de la bula Regimini militantes ecclesias. Sus constituciones la dotaron de un grado de modernidad que la diferenciaba claramente del resto de las órdenes de la época. Desde un primer momento destacó por su carácter plenamente renacentista. La Compañía se caracterizó especialmente por su obediencia absoluta al papa. Asimismo, adaptó el sentido monástico a la necesidad de movilidad del apostolado en un mundo en constante cambio. Y comenzó a definirse por una serie de factores, entre los que podemos resaltar el respeto individualizado; la sustitución del oficio cultual por la oración mental; la exigencia entre los miembros de un cierto nivel cultural (punto cuya importancia creció cuando San Ignacio acogió el ministerio de la enseñanza como una de la labores principales de la Compañía). En un principio, la Compañía no poseía un ministerio específico, lo que daba a sus miembros mayor libertad, siempre teniendo en cuenta el arraigo que en ellos tenía el principio de obediencia. Por ello, los jesuitas podían dedicarse a cualquier tipo de apostolado, siempre que fuera a mayor gloria de Dios. También les distinguió el carácter misionero al servicio del papa, al que se ligaban -los que lo desearan mediante un especial 4º voto-.
La Orden se estableció con una jerarquía: un general de la orden, con carácter vitalicio, elegido por una congregación general, considerada como el supremo órgano legislativo; procuradores en cada provincia; consejeros nacionales -también electos por la Congregación- con la misión de ayudar a los generales provinciales. Los demás cargos los designaban dichos generales o prepósitos provinciales.
La Orden se dividía asimismo en una serie de grados. Los novicios aspiraban al sacerdocio y se dividían en dos grupos según la edad o sus conocimientos. Los novicios llamados escolares eran los que se iniciaban en los estudios de gramática latina (que duraban generalmente unos dos años). Después hacían los votos simples y perpetuos (castidad y pobreza). Tras profesarlos, entraban en la fase de juniorado, en la que se dedicaban durante tres o más años a los estudios clásicos (Artes y Teología). Tras esta etapa venía su ordenación sacerdotal. Y por último, pasaban el período de 3ª probación, de modo que, obligándose a cumplir dos nuevos votos, se convertían en profesos, aceptando todas las responsabilidades de la orden, con todas las obligaciones y los derechos. A los profesos se les reservaban los cargos de profesores en los colegios.
Los miembros de la Compañía que no asumían todas las responsabilidades, ni profesaban los cuatro votos -solía faltarles el 4º voto, de obediencia al papa-, disfrutando de mayores libertades, eran denominados coadjutores espirituales, y se ocupaban de cargos de menor importancia. Había también coadjutores legos, dedicados a tareas menos cualificadas, «viles», manuales.
La espiritualidad de la Compañía se basó en el abandono activo, la obediencia al superior y, en última instancia, al papa, y la mortificación del egoísmo y el orgullo. Los ejercicios ignacianos fueron utilizados por otras órdenes y han seguido practicándose hasta nuestros días.
Desde el punto de vista económico, la orden estaba obligada a una pobreza estricta. Sólo las casas de estudio y las de formación de jóvenes podían tener rentas propias. Los profesos renunciaban a cualquier riqueza, y también a cualquier prelacía o cargo eclesiástico.
A la muerte de San Ignacio, en 1556, los miembros de la Compañía ya ascendían a más de un millar, y sus casas, más de cien, se repartían por doce provincias. En 1615, el número de jesuitas alcanzó la cifra de 13.000, y había establecimientos en Francia, Portugal, Flandes, Polonia, Italia, España y América. La Compañía se desarrollaba con gran rapidez.
El nacimiento de la Compañía de Jesús
La Compañía de Jesús nació entre 1538 y 1541, en un momento histórico en el que se estaba produciendo una profunda renovación de la espiritualidad. Entre las órdenes religiosas se estaba asentando el movimiento de la observancia. El protestantismo avanzaba por Europa. El erasmismo, considerado heterodoxo, era perseguido. Y las autoridades católicas consideraban cada vez más necesaria la convocatoria de un Concilio general.
La Compañía apareció gracias a la iniciativa de Ignacio López de Loyola. Un personaje extraño, controvertido, difícil de clasificar, que podemos situar ideológicamente entre las inquietudes renacentistas y los rasgos propios de épocas anteriores.
San Ignacio nació en Loyola (Guipúzcoa) en 1491. Recibió una educación pobre y elemental, con una base religiosa sólida (más por la intensidad de las repeticiones que por la calidad de los conocimientos). Dedicado a la milicia, adquirió cierto renombre a nivel local. Tuvo una intensa actividad tanto militar como cortesana (aunque no intelectual). Se volcó en la lectura de libros de caballería lo que quizá le hizo tener grandes sueños de grandeza. Llegó a aspirar al amor de la Infanta Catalina, hermana de Carlos I, cosa que no vio el emperador con muy buenos ojos.
En 1521 (a los 30 años) cambió radicalmente de vida. Tras ser herido en el sitio de Pamplona por las tropas francesas, San Ignacio tuvo que guardar una penosa y larga convalecencia. Durante ese tiempo tuvo la oportunidad de leer la «Flos Sanctorum» (vidas ejemplares de santos), la «Vita Christi» de Rodolfo de Sajonia, y el «De imitatione Christi» de Thomas Kempis. Estas lecturas y su afición por los libros de caballería le llevaron a perfilar un nuevo ideal caballeresco dentro de su época: el de caballero de Cristo, un caballero andante en defensa de Dios. Y de acuerdo con dicho ideal, decidió romper con su vida anterior e irse a los Santos Lugares.
A mediados de 1522, ya repuesto, San Ignacio abandonó su casa y peregrinó a Montserrat. Intercambió sus ropas con un mendigo y se hizo anacoreta. Tras un tiempo, marchó a Manresa, donde se dedicó a la caridad, la oración y la mortificación física.
Interior de la cueva de San Ignacio en Manresa
Dos años después, en 1524, comenzó a acercarse a la mística de un modo más intelectual. Y empezó a vivir una serie de experiencias «sobrenaturales», «místicas», que fue plasmando en pequeñas notas literarias (que en el futuro le servirían para hacer proselitismo en la Universidad). Por fin, marchó a Jerusalén. Volvió a España, convencido de que necesitaba más formación eclesiástica e intelectual a fin de convertirse en un «caballero de Cristo».
Por ello, en 1525 se inscribió en una escuela de gramática para aprender latín con los niños. Posteriormente, en 1527 se matriculó en la Universidad de Alcalá, la universidad puntera del momento (ya que, aprobado el erasmismo, reunía a los representantes de la nueva espiritualidad). Acusado de filoalumbradismo, fue procesado en tres ocasiones por la autoridad episcopal (no la Inquisición). No fue, sin embargo, condenado. No parece que San Ignacio fuese alumbrado; buscaba una vía espiritual nueva que, como veremos más adelante, no coincidía desde luego con la alumbrada.
Tras su estadía en Alcalá, el guipuzcoano viajó a París, ciudad en la que permaneció entre 1528 y 1535. Se matriculó en la Sorbona y en ella se convirtió en un declarado papista. Durante este período acabó de perfilar lo que iba a ser la Compañía de Jesús. Conoció, entre otros, a Pedro Fabro, Francisco Javier, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Bobadilla y Rodríguez, hombres que se constituirían en los futuros pilares de la Compañía. Este grupo, lejos de interesarse por la lucha contra el protestantismo, se movió en un ambiente original, con la idea de promover una cruzada hacia Oriente, para convertir a los infieles (proyecto en el que podemos apreciar el germen de la voluntad evangelizadora misional que mostraría la Compañía). Movidos por este ideal, el 15 de agosto de 1534 los arriba citados se reunieron en Mont-Maître e hicieron votos de pobreza y castidad, y decidieron ir a Tierra Santa. No obstante, el proyecto fracasó y entonces decidieron marchar a Roma donde se pusieron al servicio del papa. Allí, viendo el inmenso trabajo que ofrecía la reforma de la Iglesia, surgió la idea de transformar el grupo de amigos en una orden religiosa dedicada al apostolado.
Estación del metro Cluny-La Sorbonne con la firma de Ignacio de Loyola y otros 52 ilustres antiguos alumnos de la Universidad de París
Aunque en 1538 ya eran conocidos con la denominación de Compañía de Jesús, la institucionalización de la nueva orden no se produjo hasta dos años después, cuando Paulo III la aprobó por medio de la bula Regimini militantes ecclesias. Sus constituciones la dotaron de un grado de modernidad que la diferenciaba claramente del resto de las órdenes de la época. Desde un primer momento destacó por su carácter plenamente renacentista. La Compañía se caracterizó especialmente por su obediencia absoluta al papa. Asimismo, adaptó el sentido monástico a la necesidad de movilidad del apostolado en un mundo en constante cambio. Y comenzó a definirse por una serie de factores, entre los que podemos resaltar el respeto individualizado; la sustitución del oficio cultual por la oración mental; la exigencia entre los miembros de un cierto nivel cultural (punto cuya importancia creció cuando San Ignacio acogió el ministerio de la enseñanza como una de la labores principales de la Compañía). En un principio, la Compañía no poseía un ministerio específico, lo que daba a sus miembros mayor libertad, siempre teniendo en cuenta el arraigo que en ellos tenía el principio de obediencia. Por ello, los jesuitas podían dedicarse a cualquier tipo de apostolado, siempre que fuera a mayor gloria de Dios. También les distinguió el carácter misionero al servicio del papa, al que se ligaban -los que lo desearan mediante un especial 4º voto-.
La Orden se estableció con una jerarquía: un general de la orden, con carácter vitalicio, elegido por una congregación general, considerada como el supremo órgano legislativo; procuradores en cada provincia; consejeros nacionales -también electos por la Congregación- con la misión de ayudar a los generales provinciales. Los demás cargos los designaban dichos generales o prepósitos provinciales.
La Orden se dividía asimismo en una serie de grados. Los novicios aspiraban al sacerdocio y se dividían en dos grupos según la edad o sus conocimientos. Los novicios llamados escolares eran los que se iniciaban en los estudios de gramática latina (que duraban generalmente unos dos años). Después hacían los votos simples y perpetuos (castidad y pobreza). Tras profesarlos, entraban en la fase de juniorado, en la que se dedicaban durante tres o más años a los estudios clásicos (Artes y Teología). Tras esta etapa venía su ordenación sacerdotal. Y por último, pasaban el período de 3ª probación, de modo que, obligándose a cumplir dos nuevos votos, se convertían en profesos, aceptando todas las responsabilidades de la orden, con todas las obligaciones y los derechos. A los profesos se les reservaban los cargos de profesores en los colegios.
Los miembros de la Compañía que no asumían todas las responsabilidades, ni profesaban los cuatro votos -solía faltarles el 4º voto, de obediencia al papa-, disfrutando de mayores libertades, eran denominados coadjutores espirituales, y se ocupaban de cargos de menor importancia. Había también coadjutores legos, dedicados a tareas menos cualificadas, «viles», manuales.
La espiritualidad de la Compañía se basó en el abandono activo, la obediencia al superior y, en última instancia, al papa, y la mortificación del egoísmo y el orgullo. Los ejercicios ignacianos fueron utilizados por otras órdenes y han seguido practicándose hasta nuestros días.
Desde el punto de vista económico, la orden estaba obligada a una pobreza estricta. Sólo las casas de estudio y las de formación de jóvenes podían tener rentas propias. Los profesos renunciaban a cualquier riqueza, y también a cualquier prelacía o cargo eclesiástico.
A la muerte de San Ignacio, en 1556, los miembros de la Compañía ya ascendían a más de un millar, y sus casas, más de cien, se repartían por doce provincias. En 1615, el número de jesuitas alcanzó la cifra de 13.000, y había establecimientos en Francia, Portugal, Flandes, Polonia, Italia, España y América. La Compañía se desarrollaba con gran rapidez.
Francisco Javier

Francisco Javier
El hombre. Era hijo de Juan de Jaso, hombre de letras, y María de Azpilcueta. Estuvo muy unido a su hermana Magdalena, dama de la reina Isabel la católica, y más tarde clarisa. De niño, Javier conoció la guerra y las penas, perdiendo pronto a su padre (1515). Como clérigo de Pamplona, fue a la Universidad de París en 1525, donde obtuvo (1530) el grado de maestro en artes. En el colegio de Santa Bárbara conoció un amigo providencial, Pedro Fabro, que le ayudó a mantenerse limpio en aquel ambiente. Iñigo de Loyola llegó a Santa Bárbara en octubre 1529, aunque para la «conversión» de Javier hubo que esperar cuatro años. De carácter tenaz, humilde e infatigable, era emotivo, como aparece en sus cartas, además de activo y contemplativo. Sus viajes constantes, siempre abriendo cristiandades, no respondían sólo a un celo impaciente; hay que interpretarlos a la luz del mandato del Papa, que nombrándole su nuncio le imponía visitar «quam citius» todas las regiones e islas del oriente (Paulo III, 27 marzo 1540).
El santo. La muerte de su hermana Magdalena y sobre todo las conversaciones con Iñigo fueron factores decisivos en su cambio, que consistió en la honda experiencia de lo poco que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma. Con otros seis compañeros hizo los votos de Montmartre (15 agosto 1534), y enseguida comenzó los Ejercicios bajo la dirección de lñigo. Los Ejercicios son el alma de la espiritualidad javeriana: en sus cartas resuena constante el eco de las meditaciones ignacianas. Un amor extraordinario a Cristo, una gran confianza en Dios, que fue creciendo conforme iba perdiendo los apoyos humanos y políticos. Todos sus compañeros hablan de su vida de oración. Ignacio y Javier quedaron muy unidos por lazos espirituales. Su primera carta habla de «cuánta merced N. Señor me ha hecho en haber conoscido al señor maestro Iñigo». Ordenado sacerdote, permaneció junto a Ignacio, que lo nombró su secretario en Roma (1539-1540), y participó en las "deliberaciones» sobre el futuro Instituto. Ignacio lo destinó a la India (marzo 1540), en respuesta a las peticiones de Juan III de Portugal y del papa Paulo III. Esta separación física fortaleció la unión espiritual entre ambos. Ignacio le ayudó en todo, y cuando daba órdenes, añadía: "si otro no fuera allá el parecer del maestro Francisco». Cuando llegó la noticia de su muerte, Ignacio tomó la iniciativa para que "se haga la inquisición de las cosas sobrenaturales que Dios obró por él en vida y en muerte».
Misionero de India e Indonesia. Partió para India el 7 abril,1541 y, tras una parada en Mozambique, llegó a Goa el 6 mayo 1542. En este contexto es de notar el apoyo constante del rey de Portugal. Javier partió como nuncio apostólico llevando cuatro breves del Papa. Empezó recorriendo la costa de Comorín (Qctubre 1542-1544), visitó (diciembre 1544-agosto 1545) Ceilán (Sri Lanka), Malaca, las Molucas (Arnbon, Morotai) y, de nuevo, Malaca (septiembre 1545-diciembre 1547). De vuelta en la India, misionó en la costa de Pesquería, Goa, Cochín, y el 31 mayo 1549 llegó a Malaca con intención de pasar al Japón. En este último año escribió muchas de sus cartas. Métodos misionales. En cuanto pudo, aprendió las lenguas, y su opción pastoral fueron los niños. Fundó los kanakappilei o catequistas laicos, casados, que se responsabilizaban de las iglesias. Redactó para los adultos un "modo de rezar», dos catecismos para niños y una instrucción para sus catequistas. En India bautizó a unas 21.100 personas y en Molucas a 5.800. Quedó pesimista sobre el futuro inmediato de vocaciones indígenas y, aunque tuvo algunas discusiones con los brahmanes, no llegó a conocer el corazón de la cultura de India.
La misión del Japón. Le llevaron hacia Japón unos profundos sentimientos espirituales, el bien universal, y ese deseo de los japoneses de conocer "Cosas nuevas de Dios y de otras cosas naturales». Arribó el 15 agosto 1549, junto con dos jesuitas españoles, Cosme de Torres y el H. Juan Fernández, y tres laicos japoneses. Empezando por Kagoshima, visitó al daimyô de Satsuma (septiembre 1549), e hizo dos viajes a la isla de Hirado (1550, 1551) y a Yamaguchi (octubre 1550, marzo 1551). En Japón bautizó casi mil personas. Su método cambió ahora: comenzó con los señores feudales, quiso visitar al Emperador y dialogó con los bonzos. Si en sus cartas parece condenar al infierno a todos los paganos, aquí, en sus "disputaciones», reconoce que la gente abierta al bien y al mal, si son fieles a Dios "y viven conforme a la naturaleza, Dios les dará la gracia para salvarse”. La misión de Japón le fue difícil. No dominó la lengua y pasó por humillaciones. Dejó a sus dos compañeros en Japón (noviembre 1551), y él se decidió por la empresa de la China. El plan de China. Javier vio que para convertir el oriente, y en concreto el Japón, era indispensable comenzar por China. Había oído de los portugueses la maravillosa organización de este imperio, y quiso presentarse como embajador de Portugal en él. Pero las envidias de mercaderes y soldados en Malaca deshicieron el plan. Javier, con el H. Alvaro Ferreira, el chino Antonio y un indio, navegó hacia la isla de Shangchuan, adonde llegaron en agosto 1552. Por miedo, nadie quiso acompañarle a Cantón/Guangzhou. En una carta-testamento (12 noviembre), escribía: «es mucho mejor ser cautivo por sólo el amor de Dios que ser libres por huir los trabajos de la cruz». La pleuresía arruinó su salud, y en la madrugada del 3 diciembre, en una choza del litoral, murió «mientras el nombre de Jesús no se le iba de la boca». Cinco portugueses metieron su cuerpo en un arca con cal, y lo enterraron. Después lo llevaron a Malaca y finalmente a Goa, donde fue recibido en triunfo. Gregorio XV lo beatificó en 1619, y lo canonizó, con su Padre Ignacio, el 12 marzo 1622.
El hombre. Era hijo de Juan de Jaso, hombre de letras, y María de Azpilcueta. Estuvo muy unido a su hermana Magdalena, dama de la reina Isabel la católica, y más tarde clarisa. De niño, Javier conoció la guerra y las penas, perdiendo pronto a su padre (1515). Como clérigo de Pamplona, fue a la Universidad de París en 1525, donde obtuvo (1530) el grado de maestro en artes. En el colegio de Santa Bárbara conoció un amigo providencial, Pedro Fabro, que le ayudó a mantenerse limpio en aquel ambiente. Iñigo de Loyola llegó a Santa Bárbara en octubre 1529, aunque para la «conversión» de Javier hubo que esperar cuatro años. De carácter tenaz, humilde e infatigable, era emotivo, como aparece en sus cartas, además de activo y contemplativo. Sus viajes constantes, siempre abriendo cristiandades, no respondían sólo a un celo impaciente; hay que interpretarlos a la luz del mandato del Papa, que nombrándole su nuncio le imponía visitar «quam citius» todas las regiones e islas del oriente (Paulo III, 27 marzo 1540).
El santo. La muerte de su hermana Magdalena y sobre todo las conversaciones con Iñigo fueron factores decisivos en su cambio, que consistió en la honda experiencia de lo poco que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma. Con otros seis compañeros hizo los votos de Montmartre (15 agosto 1534), y enseguida comenzó los Ejercicios bajo la dirección de lñigo. Los Ejercicios son el alma de la espiritualidad javeriana: en sus cartas resuena constante el eco de las meditaciones ignacianas. Un amor extraordinario a Cristo, una gran confianza en Dios, que fue creciendo conforme iba perdiendo los apoyos humanos y políticos. Todos sus compañeros hablan de su vida de oración. Ignacio y Javier quedaron muy unidos por lazos espirituales. Su primera carta habla de «cuánta merced N. Señor me ha hecho en haber conoscido al señor maestro Iñigo». Ordenado sacerdote, permaneció junto a Ignacio, que lo nombró su secretario en Roma (1539-1540), y participó en las "deliberaciones» sobre el futuro Instituto. Ignacio lo destinó a la India (marzo 1540), en respuesta a las peticiones de Juan III de Portugal y del papa Paulo III. Esta separación física fortaleció la unión espiritual entre ambos. Ignacio le ayudó en todo, y cuando daba órdenes, añadía: "si otro no fuera allá el parecer del maestro Francisco». Cuando llegó la noticia de su muerte, Ignacio tomó la iniciativa para que "se haga la inquisición de las cosas sobrenaturales que Dios obró por él en vida y en muerte».
Misionero de India e Indonesia. Partió para India el 7 abril,1541 y, tras una parada en Mozambique, llegó a Goa el 6 mayo 1542. En este contexto es de notar el apoyo constante del rey de Portugal. Javier partió como nuncio apostólico llevando cuatro breves del Papa. Empezó recorriendo la costa de Comorín (Qctubre 1542-1544), visitó (diciembre 1544-agosto 1545) Ceilán (Sri Lanka), Malaca, las Molucas (Arnbon, Morotai) y, de nuevo, Malaca (septiembre 1545-diciembre 1547). De vuelta en la India, misionó en la costa de Pesquería, Goa, Cochín, y el 31 mayo 1549 llegó a Malaca con intención de pasar al Japón. En este último año escribió muchas de sus cartas. Métodos misionales. En cuanto pudo, aprendió las lenguas, y su opción pastoral fueron los niños. Fundó los kanakappilei o catequistas laicos, casados, que se responsabilizaban de las iglesias. Redactó para los adultos un "modo de rezar», dos catecismos para niños y una instrucción para sus catequistas. En India bautizó a unas 21.100 personas y en Molucas a 5.800. Quedó pesimista sobre el futuro inmediato de vocaciones indígenas y, aunque tuvo algunas discusiones con los brahmanes, no llegó a conocer el corazón de la cultura de India.
La misión del Japón. Le llevaron hacia Japón unos profundos sentimientos espirituales, el bien universal, y ese deseo de los japoneses de conocer "Cosas nuevas de Dios y de otras cosas naturales». Arribó el 15 agosto 1549, junto con dos jesuitas españoles, Cosme de Torres y el H. Juan Fernández, y tres laicos japoneses. Empezando por Kagoshima, visitó al daimyô de Satsuma (septiembre 1549), e hizo dos viajes a la isla de Hirado (1550, 1551) y a Yamaguchi (octubre 1550, marzo 1551). En Japón bautizó casi mil personas. Su método cambió ahora: comenzó con los señores feudales, quiso visitar al Emperador y dialogó con los bonzos. Si en sus cartas parece condenar al infierno a todos los paganos, aquí, en sus "disputaciones», reconoce que la gente abierta al bien y al mal, si son fieles a Dios "y viven conforme a la naturaleza, Dios les dará la gracia para salvarse”. La misión de Japón le fue difícil. No dominó la lengua y pasó por humillaciones. Dejó a sus dos compañeros en Japón (noviembre 1551), y él se decidió por la empresa de la China. El plan de China. Javier vio que para convertir el oriente, y en concreto el Japón, era indispensable comenzar por China. Había oído de los portugueses la maravillosa organización de este imperio, y quiso presentarse como embajador de Portugal en él. Pero las envidias de mercaderes y soldados en Malaca deshicieron el plan. Javier, con el H. Alvaro Ferreira, el chino Antonio y un indio, navegó hacia la isla de Shangchuan, adonde llegaron en agosto 1552. Por miedo, nadie quiso acompañarle a Cantón/Guangzhou. En una carta-testamento (12 noviembre), escribía: «es mucho mejor ser cautivo por sólo el amor de Dios que ser libres por huir los trabajos de la cruz». La pleuresía arruinó su salud, y en la madrugada del 3 diciembre, en una choza del litoral, murió «mientras el nombre de Jesús no se le iba de la boca». Cinco portugueses metieron su cuerpo en un arca con cal, y lo enterraron. Después lo llevaron a Malaca y finalmente a Goa, donde fue recibido en triunfo. Gregorio XV lo beatificó en 1619, y lo canonizó, con su Padre Ignacio, el 12 marzo 1622.
